Etapa 6
Vilar Formoso-São Pedro de Rio Seco-Almeida
El Riba-Côa Central. Ocupa el municipio de Almeida, aproximadamente, el sector central del río Côa. Sus paisajes minerales dejan el protagonismo al granito, que los marca con sus formas redondeadas y sus constantes retos a la ley de la gravedad. Hacia el este, en la frontera con Salamanca, esas hechuras se relajan y La Raya es apenas eso: un simple trazo en el mapa, casi invisible sobre el terreno, si no fuera por los mojones que la delatan y por el curso intermitente del río Turones o Tourões. Hacia el oeste, la Ribeira das Cabras continúa excavando su cauce. Cortando los orondos paisajes del granito, emergen los diques de cuarzo.

Viñedo y huerta junto a Vilar Formoso.
Vilar Formoso. Lleva en su nombre su remoto origen, ya que Vilar nos remonta a una intensa ocupación en tiempos romanos y a la continuidad bajo el dominio visigodo. El apellido nos habla de su atractivo estético. La población ha crecido especialmente durante el siglo XX y ejerce como puerta principal por carretera y por ferrocarril de Portugal con el resto de Europa. Desde este sendero puedes descubrir la parte menos conocida de Vilar Formoso, pero también puedes apartarte unos metros del camino para visitar rincones como la artística estación del ferrocarril, con sus azulejos. La iglesia parroquial posee un artesonado mudéjar bien conservado.

Detalle de la Estación del Ferrocarril de Vilar Formoso.
Río Turones. Este río, que atraviesa el ancho solar de Vilar Formoso es, aunque pequeño, un gran río por su biodiversidad. Generalmente lleva poca agua e incluso en verano suele resumirse en un conjunto sucesivo de charcos donde perdura algo de agua. Precisamente por ello, porque son intermitentes, estos ríos modestos resisten la invasión de algunas especies de peces que en ríos más grandes —por ejemplo en el Águeda a su paso por Ciudad Rodrigo— han acabado con muchas especies de peces autóctonos. Aquí en el Turones perduran esas especies de peces nativos. Otros seres acuáticos singulares son los galápagos, con dos especies que aún viven aquí: el galápago leproso (Mauremys leprosa) y el galápago europeo (Emys orbicularis).

Rana verde común (Pelophylax perezi).
Ecotonos al lado de la gente. A la altura de Vilar Formoso el sendero discurre al borde de la población. Estas afueras, donde se produce el contacto entre el hábitat urbano y el rural, son áreas de frontera que, en palabras de la ciencia ecológica, se llaman ecotonos. En ellas viven algunas especies adaptadas a vivir con la gente, como el gorrión común (Passer domesticus) y la golondrina común (Hirundo rustica), pero también entran otras que crían en los cauces fluviales, como la lavandera blanca (Motacilla alba). El abandono de los cultivos, más notable cuando nos apartamos de los pueblos, está llevando a muchos animales silvestres a asentarse cerca de las poblaciones.

Lavandera blanca (Motacilla alba).
El rabilargo: un ave muy ibérica. El rabilargo (Cyanopica cooki) es un córvido muy común en casi toda la longitud de este sendero, siempre que exista arbolado. Es un ave social y muy solidaria: los jóvenes de la familia ayudan en la cría de los pollos. Curiosamente la distribución del rabilargo es muy extraña. Dentro de Europa solo existe en la península Ibérica y tiene un pariente cercano al otro lado del mundo, en los confines orientales de Asia. Por ello se dijo que lo habrían traído a la península los navegantes portugueses, pero en tiempos recientes se cree que esa distribución caprichosa podría deberse a las migraciones que se produjeron durante las épocas de las glaciaciones.

Rabilargo (Cyanopica cooki).
São Pedro de Rio Seco. Un paseo por esta localidad nos descubrirá muchos de sus elementos culturales. Dentro del pueblo destacan varias sepulturas labradas en la roca. Este tipo de tumbas es relativamente frecuente en esta región de La Raya y su origen no está muy claro aún. La teoría más aceptada es que habrían sido excavadas en la Alta Edad Media por pueblos godos. Antes de llegar al pueblo viniendo desde Almeida apreciaremos un palomar. También cerca del sendero se encuentra un lagar romano.

Tumbas altomedievales en São Pedro de Rio Seco.
Túneles verdes. Entre Almeida, São Pedro do Rio Seco y Vilar Formoso se suceden paisajes variados, donde reina una especie de árbol: el fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia). El sendero discurre en algunos tramos por la intimidad de los túneles formados por estos árboles, pero también hay pasadizos sombreados con robles rebollos (Quercus pyrenaica). Tanto las fresnedas como los rebollares son hábitat destacados por la Directiva de Hábitat de la Unión Europea.

El sendero bajo un túnel de fresnos, cerca de São Pedro de Rio Seco.
Puzzles de biodiversidad. Esta continua alternancia de pastos, cultivos y arboledas es muy valiosa para la fauna silvestre. En este paisaje se encuentran a sus anchas muchas especies de diversos gustos. A poco que repares en lo que se mueve —y también en lo que se oculta— a tu alrededor comenzarás a descubrir esta biodiversidad. Sobrevolando este panorama puedes observar, entre otras muchas especies, aves rapaces como el milano real (Milvus milvus), el milano negro (Milvus migrans) y el busardo ratonero (Buteo buteo).

Busardo ratonero (Buteo buteo).
El tiempo trashumante. Fueron estos ríos y sus penillanuras adyacentes territorio de paso para los ganados trashumantes. Y debieron serlo ya hace miles de años, en el Paleolítico Superior, cuando las tribus cazadoras y nómadas dejaron impresos sus conocimientos y sus creencias en las rocas del Bajo Côa. Son, pues, estas tierras de Almeida paisajes de transición. Allí donde se hunden los ríos el clima se vuelve benigno, y allá donde las altiplanicies se dejan azotar por los vientos y las heladas se nota áspero e incluso inhóspito.

Fuente y Portas de São Francisco, en Almeida.
Almeida asomada al mundo. La ciudad de Almeida tiene nombre árabe, con el significado de meseta, y es de hecho una colina que se destaca sobre la penillanura. Su historia está ligada desde muchos siglos atrás a la del territorio de Ciudad Rodrigo, ya que en los tiempos inmediatos a la llegada de los romanos existió en el lugar el castro de Cattacobriga, ocupado por la tribu de los vetones, la misma etnia que se distribuía por tierras mirobrigenses. Miles de años antes la humanidad dejó, tanto en las cercanías de Almeida como en las de Ciudad Rodrigo, instrumentos del Paleolítico Inferior, datados en una edad superior a los 100.000 años.

Calle del centro histórico de Almeida.
Almeida: la estrella de doce puntas. Diseñada para hacerse fuerte ante los ataques españoles, esta plaza llenó páginas de sacrificio en la historia de Portugal. Fue, de hecho, la segunda fortaleza más importante del país, tras la de Elvas, cerca de Badajoz. Desde las alturas se aprecia su planta de estrella de 12 puntas, en forma de baluartes y revellines. La muralla tiene un perímetro de unos 2,5 km, con un foso que alcanza en algunos puntos los 60 m de anchura. Esa planta que vemos actualmente data de finales del siglo XVIII.

Muralla y foso de Almeida.
Las murallas silvestres. El conjunto fortificado ofrece muchas oportunidades a una extensa variedad de seres vivos. Las aves son las más visibles y muchas aprovechan los huecos entre las piedras para anidar, mientras que otras se refugian en árboles o en arbustos, y otras incluso buscan lugares protegidos en el suelo. El avión roquero (Ptyonoprogne rupestris), el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) y el vencejo común (Apus apus) son tres ejemplos de esas aves adaptadas a la vida en estas estrellas fortificadas.

De izquierda a derecha, golondrina común (Hirundo rustica) y avión común (Delichon urbicum).
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